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Menorca en invierno AUTOR: Àngels Codina 24 de febrero de 2016

Un invierno en Menorca

Viajar a Menorca fuera de temporada es una oportunidad para hallar el placer en la vida lenta y sencilla. También, una invitación a descubrir la isla en estado puro.

Menorca es verano. Es sinónimo de chapuzones eternos en aguas cristalinas. De puestas de sol en el cabo de Cavalleria o en Punta Nati. De paseos al atardecer por las calles de Ciutadella. De jaleos y risas y confidencias entre sorbo y sorbo de pomada.  

En verano, la isla está exultante, pero al llegar el frío se va apagando poco a poco. Los hoteles cuelgan el cartel de cerrado, las heladerías bajan la persiana, las playas se vacían, se suspenden algunas líneas de autobús y los universitarios huyen de este pequeño paraíso para continuar sus estudios en Mallorca o en la península.

Menorca hiberna. Y Menorca, en hibernación, es otra. El mar es bravo. Las noches, frías y húmedas. Las zonas turísticas, desiertos de cemento. La tramontana agita los árboles y el mar con violencia, y también los estados de ánimo de los lugareños.

Alguien me dijo una vez que los que viven en la ciudad no saben convivir con la soledad, pero que en Menorca, tan pequeña y con un turismo tan estacional, no tienes otra. Puede que tenga razón. Al fin y al cabo, la vida del urbanita es a menudo un alud de estímulos y una carrera a contrarreloj para llenar el tiempo al máximo.

Trabajo, almuerzos y cenas aquí y allá, copas con los amigos, cine, teatro, gimnasio, baile, clases de idiomas. 

Viajar a Menorca fuera de temporada es una oportunidad para hallar el placer en la vida lenta y sencilla. También, una invitación a descubrir la isla en estado puro. A dejarse seducir por el silencio, el olor a mar y los paisajes calidoscópicos que dibujan el negro de las pizarras, el verde y el tostado de los campos y los matorrales, y el blanco de las arenas.

A explorar caminos tradicionales enmarcados por muros de piedra seca, y sin cruzarse con nadie en quilómetros.

A alucinar con la geología de la isla, rara y fascinante, y que atestigua como nadie la evolución geológica del mediterráneo. Y a disfrutar en la intimidad de las puestas de sol, de excursiones por el Camí de Cavalls o el Camí d’en Kane, o de los monumentos talayóticos. 

Menorca es invierno.

Lee también: Descubriendo Londres sobre hielo

 

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