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Mercado del Marisco de Panamá AUTOR: Yeray S. Iborra 18 de diciembre de 2015

El mercado como experiencia sensorial

Si se quiere disfrutar de langosta, pulpo, calamar, preparado como ceviche o a la plancha, no hay lugar en Panamá como el Mercado del Marisco: producto local, fresco, consumido al corte y al momento... Algo más que un mercado.

Se ha levantado bien pronto, todavía con resaca de la larga jornada anterior. El marisco y el pescado no esperan. Se acerca, todavía con el día naciendo, al Casco Antiguo de Panamá. “Un dolita”, le canta el taxista que lo ha acercado al final de la Avenida Balboa y la Cinta Costera, donde se encuentra el Mercado del Marisco. Cuando, llamémosle Julio, cruza la puerta bajo la gran bandera panameña que corona la cima del Mercado, donde también puede leerse “Panamá-Japón” fruto de los acuerdos comerciales entre los dos países, el lugar ya huele a pescado. Han entrado los primeros lotes.

A partir de ahí se produce el frenesí: Julio debe apresurarse para hacerse con el producto y dejar la parada lista para el día. 

Los más madrugadores son los restaurantes de la zona, que ya tienen ubicadas sus paradas (hasta 69 cubículos rectangulares) favoritas. A medida que la ciudad despierte, irán llegando locales. Y turistas. Reconocibles por su meneo espasmódico de cabeza: de lado a lado, con sus respectivos sombreros panameños, ribeteados por una franja marrón y recién adquiridos. Sorprendidos por la velocidad del Mercado. 

“¡Corviniiiiiita rica, corvinita barata!”, se oye justo al entrar. Todo el mundo grita su producto como el mejor (y tal vez lo sea). 

Camarón, calamar, concha negra, pulpito. Y cómo no, “cevichito” preparado con mucha –muuuucha– lima. Las paradas despachan rápido. Las carretillas pasean el género de un lado a otro, con un pescado y marisco bien brillante. Sobretodo a ojos de barcelonés acostumbrado a la panga empaquetada. 

Nadie abandona el mercado sin haber regateado. El ruido de las conversaciones rebota en cada esquina del recinto, como un cuadrilátero. Un ring; a ver quién compite con la pillería panameña. Una vez se ha superado la prueba y uno se ha hecho con el producto, dos opciones: 1. A casa. 2. Comprar lo que apetezca y dárselo a la cocinera o cocinero del restaurante del Mercado para que lo prepare con patatas fritas, patacón, yuca, arroz…

Al medio día un terremoto ha pasado: en los mostradores no queda más que hielo. Julio despide el día al anochecer. Hoy se ha desprendido de casi todo el género. Incluso se ha probado con el inglés: el Mercado cada vez se torna más turístico. Todavía tiene fuerzas, eso sí, para ir con los suyos a tomar un ceviche –o un guacho de mariscos– a las paradas de al lado del Mercado: un Colombia-Chile siempre es una buena excusa.

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